Bocetos de personajes para un manual de mantenimiento y otro para un manual de vialidad.
27/01/2011
22/01/2011
El Chipocles, un pollo chipocludo
Esa siempre fue la actitud de Chipocles. Chipocles era mi pollo. Yo tenía unos ocho años cuando lo compré a los típicos señores que los ofrecían con un altavoz desgañitado desde un tartanudo camión de redilas por las calles polvorientas de mi barrio.
Era muy entendido: andaba por toda la casa como cualquier mascota que se preciara de serlo y al primer chiflido de su servidor el pollo corría atento a mi llamado.
Me acompañaba a la tienda de abarrotes por las tortillas o los refrescos. Yo lo ponía con mucho cuidado en el bolsillo del pantalón. Y ahí iba el Chipocles.
Cuando me le perdía en la casa comenzaba a piar muy fuerte -pío, pío, pío- hasta que yo le devolvía el chiflido y él corría desaforado a mi encuentro. Le gustaba que le hiciera "piojito", es decir que le rascara con suavidad su incipiente cresta de pollo puberto o su abultado buche si acababa de comer las tortillas remojadas en agua.
En las noches frías el Chipocles dormía conmigo. Nunca dejó su popó en mi cama, por cierto. Muy bien portado el pollito. Así que cuando yo veía la tele en las tardes el Chipocles
me buscaba para que yo lo acomodara bajo la almohada para sus siestas de pollo vespertinas. Un día, en esas estaba el pollo, cuando de pronto apareció de la nada mi hermana y se tumbó en la cama clavando su codo precisamente en la humanidad -¿o pollinidad?- del Chipocles.
— ¡El Chipocles!— grité entonces y lo saqué de las cobijas y le soplé por el culito, como me había enseñado mi abuelita que había qué hacer para devolverles el aire.
El Chipocles sobrevivió así al primero de sus infortunios.
El segundo ocurrió cuando yo buscaba que mi pollo hiciera equilibrio sobre el cordón del tendedero de la ropa. Por supuesto que tras aletear como loco el pollo se desplomó al desfiladero. Bueno, cayó más bien en un baño con agua y cal que mi papá tenía justo allí. Saqué inmediatamente al pollito, lo enjuagué con agua tibia, lo sequé muy bien y el pollo sobrevivió. No así sus plumas.
Quedó desplumado totalmente por primera vez.
La segunda vez que perdió sus plumas fue por curioso: quiso ver qué había dentro de una cubeta que tenía mamá en la sala para descubrir el diesel. Chispa que se veía el chipocles con su gran buche pelón y la gallardía que se adivinada iba a tener cuando fuera
un gallo como en realidad lo fue. Y de los bravos. Un gallito blanco hermoso que fue a dar al rancho de mi abuelita a hacer las cosas que hacen los gallos: pisar con fruición a las gallinas y cantar ki-ki-ri-kí a las cinco de la mañana.
Fue un pollo en verdad entrañable: un mediodía nos lo comimos en un sabroso caldo.
Mi hermano Carlos no lo probó porque mi hermano es un poeta, pero esa, estimados contertulios... es otra historia.
21/01/2011
Chivatazos
15/01/2011
Personalizando mis blogs
Aprovechando las nuevas facilidades de Blogger, personalicé mis blogs. Recordé aquellas latas antiguas que se abrían dándo vuelta a una llave. Me quedo con la opción de arriba. Menos es más, como luego dicen.
14/01/2011
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