
Dibujé este cocodrilo en un hábitat diferente al habitual, es decir, en el Polo Norte, para que mi hijo lo tomara como base para una tarea escolar. Más tarde me lo encontré y como tenía un rotulador a mano comencé a entintarlo al tiempo que leía esta frase de Freud que quise remarcar con el ferviente deseo de aplicarla en mi vida cotidiana: "Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla". De haberla asimilado hace tiempo me habría librado de un sinfín de exabruptos.

Por cierto, así quedó el dibujo de mi vastaguín: prefirió dibujar a uno de mis Cocolazos con su taza de chocolate caliente.